sábado, 7 de junio de 2014

Intolerancia a la alergia

Estamos a final de curso. Época de exámenes. Empieza el verano. Abren las piscinas. Suben las temperaturas. Al trastero los uniformes y a llenar el armario de pantalones cortos, alpargatas y trajes de baño. La crema solar la podrás encontrar desde en el cuarto de baño hasta en el maletero del coche pasando por sitios tan inverosímiles como debajo de una almohada o en la caja de los clicks. 

Nos han vuelto locos con el tema del sol. Cuando éramos pequeños llegábamos a la playa, vaciaban el coche de trastos veraniegos y empezaba el horario de verano. Se resumía en dos partes. Playa y no playa. Todo el día andando sobre arena. Nos convertían en beduinos durante un par de meses. Exprimíamos la imaginación hasta niveles insospechados. Había que estar en la playa de sol a sol. Lo pasábamos pipa, eso sí. 

Los primeros días de playa eran algo duros. Humillantes. Ríete de las modelos de pasarela de hoy, flacas y pálidas. Nosotros éramos el vivo ejemplo de haber pasado nueve meses debajo de un flexo con bombilla de 40 o 60 vatios. Con un poco de suerte, si te tocaba pupitre cerca de la ventana de clase, intuías el sol. Al pisar por primera vez en la playa, nuestras madres nos embadurnaban con los restos de la crema del verano pasado. Al acabar ese bote, o al darse cuenta que la fecha de caducidad era de hace tres veranos, decidían comprar un frasco nuevo de Nivea. Sí, Nivea, la de los balones. Pasábamos de tener la piel blanca como un irlandés a tenerla blanca como la leche de la Priégola. Nos ponían, no una ni dos, sino tres o cuatro capas de ungüento blanco para protegernos de los rayos del sol. Ni UVA ni leches. Nos protegían del sol, a secas.

Pasaban los días, las semanas, y empezábamos a ver como nuestras pieles oscurecían. No por el paso de los días, sino porque veían que se acababa la crema y, total, para lo que queda de verano con una pizca nos valdría para todo el día. 

Así llegábamos a casa, tostados de cintura para arriba y de muslos para abajo. El culo, igual que salió de casa en junio, fresco y blanco. Impoluto. 

Pues bien, esto venía a que en aquella época se nos cuidaba de aquella manera. Se nos mal protegía del sol. Y sobrevivimos a todo aquello sin problemas (siempre hay excepciones, pero la grandísima mayoría todavía damos algo de guerra).

Hoy, usando un término de mi hijo, ultramegasuperprotegemos a nuestros hijos. Que si crema solar para la cara factor 80, aceite antidermatitis, crema solar para el lado derecho del cuerpo factor 60+, base de crema mezclada con aceite de aloe vera para los dedos gordos de los pies... Es tremendo. Entras en una farmacia a por aspirinas y no solo no sales con aspirinas sino que sales con dos bolsas llenas de potingues para todo el verano de este año y de la década siguiente. 

Los niños más blancos de piel se bañan con camiseta. Los hay que llevan doble capa y hasta un kit de buzo de neopreno. Las sombrillas de brezo de toda la vida ya no valen, ahora tienen que ser certificadas por AENOR y la UE y la International Society of Gilipolleces Veraniegas. Han de ser de una tela gruesa y embadurnadas con una capa de barnices antisolquetecagas. 

Si llegas a la playa y dejas que tu hijo se bañe tal cual ha llegado, tienes muchas papeletas de que te quiten la custodia durante el resto de verano. Te denuncia el vecino de toalla y te las ves con el Juez de turno. 

Consecuencias de todo esto: las alergias. Hoy entras en el comedor de un colegio cualquiera y tienes más tipos de comida que el Zoo. Que si para intolerantes a los frutos secos, alérgicos al huevo, celíacos, alérgicos a la lactosa, al pescado, a la soja, al melocotón en almíbar, a... ¿Habrá intolerancia a la Coca-Cola? No, no creo. O igual sí. Hay de todo para todos. 

Hoy te dejan a un niño para pasar la tarde y te lo dan con un manual de instrucciones para no meter la pata y cometer homicidio imprudente por haberle dado un bocata de chorizo para merendar. Hasta el chorizo, si lees lo que pone en el paquete, lleva trazas de huevo. 

De todas formas y, para ir terminando, yo tengo mi propia teoría. La culpa de todas estas alergias, intolerancias, etc. no es ni por los rayos UVA, ni la superprotección, ni de la contaminación (como he leído por ahí)... La culpa de todo está en casa. Lo vemos a diario. Lo vemos por la mañana, a mediodía y por la noche. Cada vez que entramos en la cocina. Los culpables son LOS IMANES DE LA NEVERA. 

Sí. Antes no llenábamos las neveras de imanes. Hoy, casa que se precie tiene la puerta de la nevera repleta de imanes. De Teruel, de Sidney, del fontanero con su teléfono, de las páginas amarillas, de la mascota del evento de turno... Hay imanes para todos los gustos. 

Al poner tantos, seguro que afectan de alguna forma en los alimentos ahí metidos. Estoy plenamente convencido que con sus poderes magnéticos afectan de alguna forma a la calidad del chorizo, de la leche y los huevos. Por no hablar del suero de los yogures. Antes no tenían tanto, hoy es mitad yogur, mitad suero. Los imanes destrozan los yogures. 

Si quieres a tus hijos, tira los imanes. Quémalos. No los tires. Destrúyelos. Están cargándose nuestro futuro. La salud de nuestros hijos. Nuestra salud. 

¡Fuera imanes! ¡Fuera alergias! ¡Quiero comida desimantada! 

jueves, 5 de junio de 2014

Accidentes son eso, accidentes.

9 de la mañana. Suelto a los niños en el colegio. Me encuentro con una "madre del cole" y nos ponemos a hablar de los exámenes de nuestros hijos. Continuamos la conversación tomando un café con leche en un bar cercano al colegio. 

Vuelta a casa. Tras varios mensajes whatsaperos de ida y vuelta me confirma mi amigo Óscar que tengo entradas para ir a la Corrida de la Beneficiencia a la que también irá el rey "abdicado". Uno en zona sol y otro en sombra. Adivina a quién le toca cada sitio.

Voy a recoger a los niños al colegio. Les llevo a casa de sus abuelos. Como algo y me voy a Madrid con tiempo para darle un fregado al coche ya que hoy, otra vez, como conté en mi último post, llevaré a los picadores a la plaza. 

Echo un par de euros en la ranura correspondiente, empieza a salir agua a presión mezclada con algo de jabón. Vuelta entera al coche. Presiono el botón de aclarado y tras la segunda vuelta, el coche queda como los chorros del oro. Fácil, pues hace un par de semanas lo recogí del taller donde lo pintaron entero. 

Llego al hotel de la cuadrilla. Charlo un rato con algunos de ellos. Metemos los trastos en el maletero. Saco las sillas de los niños y aparecen los picadores. 

Atascados en Alcalá, se empieza a notar que el "abdicado" presidirá la faena de hoy. Llegamos a la puerta de cuadrillas y me despido hasta terminada la corrida.

Gritos de "¡Viva el Rey!", un par de orejas, un par de toros de pena, un silencioso y poco acompañado "¡Fuera los Borbones!", y aplausos y más aplausos. 

Termina la faena. Alcalá de vuelta al hotel. Soltamos lastre al llegar. Me despido hasta la próxima, posiblemente en Ávila el día 15. 

Paseo del Prado de camino a casa. Tráfico lento. Conduzco mi reluciente y recién pintado coche cuando tras un frenazo del coche que me precede, hago lo mismo por evitar golpearle y... 
Una señora de unos sesenta años conduciendo un Volkswagen gris hace, también, lo mismo, patinando las ruedas... Golpeándome la parte trasera derecha. Destrozando el parachoques. Noto como salta la, todavía húmeda, pintura por los aires. Creo ver el sudor de los mecánicos que me arreglaron el coche chorrear por el asfalto del Paseo del Prado. Salgo del coche tras aparcarlo en el carril bus para comprobar los daños. Se me saltan las lágrimas. Lanzo una primera mirada asesina al parabrisas delantero de la criminal que me golpeó instantes antes. Miro al suelo. Miro el parachoques otra vez. Vuelvo a mirarle, esta vez a los ojos, y veo en ella una asustada mujer con cierto sentimiento de culpa. Me mira. Sus ojos se disculpan sin todavía mediar palabra. 

Automáticamente, algo dentro de mi me dice que baje los humos, que ella no ha tenido ninguna culpa. Si, al fin y al cabo, los accidentes se llaman así por algo. Son, símplemente, accidentes. Afortunadamente ha quedado en eso. En pintura recién aplicada saltando por esos aires contaminados de Madrid. Incrustándose en las pequeñas grietas del negro asfalto de la calle. Su coche. Ni un rasguño. Tal vez uno. 

Busco los papeles del seguro, iluso de mi. No están. Acabo de cambiar de compañía de seguros y solo tengo el mail de confirmación. Llevo, exáctamente, dos días, cuarenta y ocho horas, con este coche asegurado por esta nueva compañía. Intercambiamos datos. Quedamos en hablar, con algo más de calma, mañana por la mañana. Afortunadamente, compartimos compañía de seguros. Todo será fácil y rápido, me dicen por teléfono en Atención al cliente. 

Retomo mi camino de vuelta a casa. Pongo la radio. La apago. Pienso: "Estoy orgulloso de ti. La podías haber montado, incluso con razón, y no lo has hecho. Tenías dos formas de afrontar ese problema. Has optado por la mejor manera de ambas. Sigue tranquilo. Llega a tu casa. Descansa. Mañana será otro día." 

Dejo de pensar. Dejo de escribir. 




viernes, 30 de mayo de 2014

El chófer de los picadores


21 de agosto de 2007

Comía en el restaurante del hotel Ercilla de Bilbao. En las mesas de alrededor solo se hablaba de un tema: la corrida de esa tarde. Era la Feria de Bilbao, grande donde las haya. Se enfrentaban a 6 toros de Torrealta los espadas Sebastian Castella, Alejandro Talavante y El Fandi. 
Me picó el gusanillo y pregunté al maitre si sería posible conseguir una entrada. Me dijo que era difícil pero que lo intentaría. Le facilité mi número de habitación a la espera de su llamada con alguna respuesta. 

Salí a dar un paseo después del postre. Miré al cielo. Estaba a punto de romper a llover. No sería una lluvia cualquiera. Una lluvia de las de Bilbao. 

Volví al hotel a pedir un paraguas y en la puerta me encontré una furgoneta aparcada. Acompañándola estaba Óscar. 

Me puse a hablar con él. Era miembro de la cuadrilla de uno de los matadores, de David Fandila, El Fandi. Hablamos de mi trabajo, del suyo, de fútbol y como no, de la corrida de esa tarde. Salió el tema del tiempo, no por romper el hielo, pues ya estaba hecho migajas desde hacía un rato. Le pregunté si merecía la pena comprar una entrada a cualquier precio o si había más posibilidades de que se cancelase la corrida. "No la compres..." Le corté y le dije, "Gracias, seguiré con mi paseo entonces." Esta vez me paró él, y siguió, "No la compres, te vienes conmigo." 

Terminó de colocar los trastos en la furgoneta, pidió un taxi y nos subimos los dos. Al llegar a la plaza me pidió que le esperase fuera. Me dio la espada de matar enfundada en un estuche de cuero con el nombre del torero grabado en ella. Óscar entró a la plaza, dejó todo lo que llevaba en el carro y salió a buscarme. Me dejó su acreditación y pasé a ser él por unos instantes. Instantes que duraron lo que tardamos en cruzar la puerta. 

Una vez dentro, nos despedimos hasta la vuelta al hotel, donde quedamos para tomar algo después de la corrida. Él se fue al callejón y yo a un asiento de barrera que quedó libre. 

La corrida empezó. 

No llovió. 

La corrida terminó. 

Ya de vuelta en el hotel nos vimos en el bar que montaron con ocasión de la Feria. Continuamos la conversación del taxi, hablamos de la corrida, y quedamos para otra ocasión. 

7 de septiembre de 2007

Fiestas de Pozuelo de Alarcón. Hoy torea El Fandi. Me llama Óscar la noche anterior para avisarme. Tengo la mañana libre pero por la tarde tengo otro sarao. No podré ir a la corrida pero sí por la mañana al hotel donde se hospedan. 

Quedamos en la puerta de su hotel. Le acompaño al sorteo de los toros. A por las invitaciones para los familiares del torero. Vivo y aprendo con él todo lo que se cuece y no se ve normalmente antes de una corrida. A pesar de ser de unas fiestas de pueblo, me llama todo mucho la atención. Todo es nuevo para mí. Un mundo de lo más particular. 

Pasa el tiempo, nos llamamos de vez en cuando. Hay cambios en su trabajo. Deja a El Fandi y empieza con Alejandro Talavante. Vienen a Madrid. Voy a alguna corrida con ellos. Repito la experiencia vivida en Pozuelo pero esta vez en Las Ventas, en pleno San Isidro, en Madrid... Impresionante. Miles de llamadas de personas pidiendo entradas, a ver si les sobra alguna... visita al sastre a última hora, corriendo a la plaza a por no sé qué, vuelta al hotel, volando a ver al matador que quiere que le ablande el capote, etc. De locos. No le envidio lo más mínimo. 

Mediados de mayo de 2013

Suena el teléfono. Es Óscar. Viene a Madrid. Torean el día 24 junto a Castella y Manzanares. Toros de Victoriano del Río. Cartel de no hay billetes asegurado. Me pregunta si estaré esa tarde en Madrid. Le digo que sí. Me dice que si quiero ir a los toros. Vuelvo a contestar que sí. Me pide que si puedo llevar a los picadores. Silencio. ¿Por qué? Que si me apetece. Por supuesto que sí. No es algo que vaya a hacer muchas veces... ninguna vez más en la vida. Oportunidad única. 

Me presenté en el hotel una hora antes de la citada. Aparecieron los picadores, se subieron al coche junto a Óscar y nos dirigimos a la plaza. Llegamos a la puerta de Cuadrillas, aparcamos y sacamos del maletero todos los trastos de torear. Me fui a mi asiento y disfruté de un fantástico primer toro de Talavante al que consiguió cortar dos orejas por las que luego salió por la puerta grande. Lamentablemente, en el sexto toro, uno de sus banderilleros, Valentín, fue corneado. Esperamos a que saliese de la enfermería camino del hospital y nos dirigimos de vuelta al hotel. Nos despedimos hasta la próxima. 

Meses después, en la temporada americana, coincide que estoy en Méjico el día que torea Talavante en la Monumental. Un taxi de mi hotel me acercó al hotel de la cuadrilla para recoger un par de entradas a mi nombre de parte del bueno de Óscar. Saludo a los picadores mientras uno de ellos pide un taxi para ir a la plaza. Le ofrezco el mío. Es grande y cabríamos todos. Así lo hacemos y nos vamos hasta las tripas de la Monumental. El taxista alucina con la situación. 40 años yendo a los toros a las gradas y tiene que venir un cliente español para poder conocer lo que nunca pudo en sus miles de tardes taurinas. 

San Isidro 2014

Óscar me llama y me avisa que vienen a Madrid los días 22 y 29 de mayo y el 4 de junio. "Cuento con que nos llevas a la plaza." Esa frase me acaba convirtiendo en el chófer de los picadores de Talavante en sus tardes de Madrid. 

Disfruto como un enano. No es que soñase con este "trabajo" nunca, ya que nunca pensé que ese puesto existía, pero te puedo asegurar que los toros desde "dentro" no tienen absolutamente nada que ver con cómo los llevaba viendo durante los últimos treinta años. Lo que he aprendido en estos años, en estas mañanas pre-toros, en esos momentos de espera en la enfermería de la plaza, esas llamadas a familiares de banderilleros para contarles que están bien, esas carreras al sastre, esas peleas con amigos de amigos de primos del vecino del torero para conseguir entradas... Lo que he aprendido no me lo quita nadie. 

Y sobretodo, por encima de ese aprendizaje, esas experiencias, esas anécdotas, lo que de verdad he ganado es a un buen amigo, un fenómeno llamado Óscar. 

¡Gracias por todo, amigo, y hasta la próxima!