miércoles, 11 de junio de 2014

Vaya racha

Llevo una racha malísima con lo que respecta a los temas del hogar. Hace un par de semanas, estando de Rodríguez,  tuve cena de amigos en casa y antes de acostarme puse el lavaplatos. Seis platos. Seis tenedores. Seis cuchillos. Cinco cucharas (Jorge no tomó salmorejo. Dice que pica mucho y le sienta fatal). Una docena de vasos. Un jarra. Y cuatro cacharros más. Hasta aquí todo normal. 

A la mañana siguiente me levanté con un mosqueo de cojones. La casa entera olía a lavandería. Juraría que me acosté con un par de copas de más solamente, pero por un momento pensé que llevaba un pedo gordo encima y no estaba en mi casa. Mi casa no huele así. Todavía  con los ojos medio cerrados, los músculos buscando su sitio y los huesos terminando de engrasar sus juntas, me propuse tomar un café antes de mandar por el desagüe de la ducha los restos de sueño que aún me quedaban. 
Abrí la puerta de la cocina y, de repente, me acordé de cuando estuve en las cataratas del Niagara en la primavera del 96. 

El agua empezó a correr por todas partes. La cocina, o lo que parecía serlo, comenzó a vaciarse mientras el resto de la casa pasaba a hacer justo lo contrario. 

Tengo un problema serio. El lavaplatos se ha jodido. ¡Qué narices! Tengo dos problemas. Tengo que arreglar el trasto ese y fregar toda la casa antes de que se cargue el parquet. 

Fregar se me da regular, más bien de culo, sinceramente. Pero de lo que sí estoy seguro es que no sé abrir el lavaplatos salvo por donde dice "open". 

Llamo al técnico. Llega a casa, como bien me dijo por teléfono, a lo largo de la mañana, es decir, a las seis de la tarde. No hay como conocer los husos horarios, y el del gremio de ñapas es así, siempre 6 o 7 horas después de lo acordado. Desatornilla, desmonta, suspira, resopla, cambia un par de piezas rotas por otras nuevas, sopla por un tubito de goma, monta, atornilla y 250 euros por los servicios prestados. 

El martes siguiente, un par de días después de la inundación, empezó a salir una mancha negra en el salón de casa. Pensé que serían restos de vino de algún capullo de los que vinieron a cenar el sábado. Me arrodillé, acerqué mi nariz, olí y de Rioja nada de nada. Olía a limpio, demasiado limpio. ¡El lavaplatos! Era humedad que había salido por no haber fregado bien. Quedó un charco de agua enjabonada, una mierda de charco que hizo de las suyas y se cargó el suelo. Busqué el teléfono del seguro de la casa. Pregunté y me dijeron que sí que lo cubrían, que vendría un tal Ramiro a arreglaro. 

Ramiró llegó, a su hora pero llegó. Le acompañaban su hijo Cito (todavía me pregunto si era nombre o mote), su sobrino El Lijas (éste era mote fijo) y un tal Boris, que traía la nariz tan colorada como la caja de herramientas que plantaron en la cocina. 

Ramiro mandó ver el desperfecto. Mandó medir. Mandó vaciar el salón. Mandó subir las máquinas de la furgoneta. Mandó... mandó tanto que hasta me mandó a paseo. 

Volví a última hora de la tarde, ya entrada la noche. Allí estaban los cuatro sentados en la parte de atrás de su Fiat blanca. Tres de ellos manchados de polvo de pies a cabeza, impregnado en sus brazos debido al sudor pegajoso que debieron soltar mientras trabajaban. Ramiro estaba igual que llegó, impoluto, pero con un pedo de colores. Me parece que según me fui se bajó al bar de Antonio a hacer una cata de vinos mientras su hijo, sobrino y Boris arreglaron mi suelo. Es igual, tema zanjado. 

Lavaplatos como nuevo. Parquet del salón, nuevo. 

El jueves, volviendo de la oficina, en pleno atasco de vuelta a casa empezó a salir humo del motor del coche. Para variar, me pilló en el carril rápido donde todos iban a unos 30 km/h. Me las vi y me las desée para llevar el coche al lado del arcén. Le eché un par y corté la M40. Ahí nadie me ayudaba ni me dejaba cambiar el coche de carril. Yo empujando solo, girando el volante, y vuelta a empujar. Como nadie se solidarizaba y al ver que no lo iban a hacer, como decía, corté la carretera. Abrí el maletero y empecé a colocar de todo en línea recta en perpendicular al sentido de la carretera. Los coches de delante avanzaban mientras yo colocaba paraguas, raqueta de tenis, palos de golf de juguete de mi hijo, la rueda de repuesto, el gato, el mapa de carreteras de Repsol del año 2001, el de Campsa de 1987, y también, un par de triángulos sin montar, que no hay Dios que los monte. La gente pitaba. A mi me daba igual, yo saqué fuerza de donde no me quedaba y acabé dejando el coche en el arcén. Pusé los intermitentes comencé a recoger todo. Los palos no, el hijoputa del Corsa se los cargó por impaciente. Pasó su viejo Opel por encima de ellos. 

Llamé a la grua. "En no más de 20 minutos llegará la grua". Correcto. En 15 llegó. Abrió el capó y flipó. Aparentemente me cargué el coche. Empezó a hablar de cosas que yo solo había escuchado en ese programa de Discovery Channel donde restauran coches viejos. Como siempre lo veo mientras me intento pasar algún nivel más del Candy Crush no me entero de nada. Lo subió a la grúa para llevarlo al taller. Una vez arriba, se le ocurrió vaciar su botella de Lanjarón en el depósito del agua del coche. "Arranca niño" y el niño arrancó y el coche funcionó. Bajó el coche de la grúa y tras firmarle el parte, se largó. 

Anoche me tocó hacer cena. Mi mujer llegaba tarde del trabajo. Normalmente la hace ella. Miré el menú del colegio de los niños y, bingo, tocaba "huevos y verdura". Chupado. Eso lo hago en un periquete. Saqué los huevos de la nevera. Partí la cáscara y eché el contenido en un bol. Así cinco veces. Los dos últimos como en Master Chef, con una mano. Cogí una bolsa de patatas fritas que estaba a medias y las eché en el bol. A los niños sé que les chifla esa tortilla. Puse un chorro de aceite en una sartén. Una vez caliente eché todo dentro de la sartén. Mientras se iba haciendo preparé una ensalada. Se me complicó el aguacate. Me puse perdido y el hueso salió volando. "Luego lo recojo que se me quema la tortilla", pensé. Saqué una cosa para dar la vuelta a las tortillas que nunca antes había usado pensando que era la tapa de algo. En ninguna de las tres anteriores veces que hice torti... lo que acabó siendo un revuelto lo usé. Le di la vuelta, funcionó y ya solo quedaban un par de minutos. O no. Igual era uno, la tortilla se me quemó. Más que quemada, estaba super hecha por dentro. Vamos, que la comimos pero estaba asquerosa. Para tirarla a la basura. 

¿Y a quién cojones llamo yo ahora? Si mis hijos no fueran unos tragaldabas y unos santos y me hubieran rechazado la mierda de tortilla que les hice... ¿Qué seguro cubre eso? ¿Qué Ramiro de turno viene y te arregla ese problema? Por que esto sí que es grave. El próximo día me paso el menú del cole por el Arco del Triunfo y cocino lo único que me sale de cine...

"Sí, tres medianas... una pepperoni con extra de queso, otra..."

sábado, 7 de junio de 2014

Intolerancia a la alergia

Estamos a final de curso. Época de exámenes. Empieza el verano. Abren las piscinas. Suben las temperaturas. Al trastero los uniformes y a llenar el armario de pantalones cortos, alpargatas y trajes de baño. La crema solar la podrás encontrar desde en el cuarto de baño hasta en el maletero del coche pasando por sitios tan inverosímiles como debajo de una almohada o en la caja de los clicks. 

Nos han vuelto locos con el tema del sol. Cuando éramos pequeños llegábamos a la playa, vaciaban el coche de trastos veraniegos y empezaba el horario de verano. Se resumía en dos partes. Playa y no playa. Todo el día andando sobre arena. Nos convertían en beduinos durante un par de meses. Exprimíamos la imaginación hasta niveles insospechados. Había que estar en la playa de sol a sol. Lo pasábamos pipa, eso sí. 

Los primeros días de playa eran algo duros. Humillantes. Ríete de las modelos de pasarela de hoy, flacas y pálidas. Nosotros éramos el vivo ejemplo de haber pasado nueve meses debajo de un flexo con bombilla de 40 o 60 vatios. Con un poco de suerte, si te tocaba pupitre cerca de la ventana de clase, intuías el sol. Al pisar por primera vez en la playa, nuestras madres nos embadurnaban con los restos de la crema del verano pasado. Al acabar ese bote, o al darse cuenta que la fecha de caducidad era de hace tres veranos, decidían comprar un frasco nuevo de Nivea. Sí, Nivea, la de los balones. Pasábamos de tener la piel blanca como un irlandés a tenerla blanca como la leche de la Priégola. Nos ponían, no una ni dos, sino tres o cuatro capas de ungüento blanco para protegernos de los rayos del sol. Ni UVA ni leches. Nos protegían del sol, a secas.

Pasaban los días, las semanas, y empezábamos a ver como nuestras pieles oscurecían. No por el paso de los días, sino porque veían que se acababa la crema y, total, para lo que queda de verano con una pizca nos valdría para todo el día. 

Así llegábamos a casa, tostados de cintura para arriba y de muslos para abajo. El culo, igual que salió de casa en junio, fresco y blanco. Impoluto. 

Pues bien, esto venía a que en aquella época se nos cuidaba de aquella manera. Se nos mal protegía del sol. Y sobrevivimos a todo aquello sin problemas (siempre hay excepciones, pero la grandísima mayoría todavía damos algo de guerra).

Hoy, usando un término de mi hijo, ultramegasuperprotegemos a nuestros hijos. Que si crema solar para la cara factor 80, aceite antidermatitis, crema solar para el lado derecho del cuerpo factor 60+, base de crema mezclada con aceite de aloe vera para los dedos gordos de los pies... Es tremendo. Entras en una farmacia a por aspirinas y no solo no sales con aspirinas sino que sales con dos bolsas llenas de potingues para todo el verano de este año y de la década siguiente. 

Los niños más blancos de piel se bañan con camiseta. Los hay que llevan doble capa y hasta un kit de buzo de neopreno. Las sombrillas de brezo de toda la vida ya no valen, ahora tienen que ser certificadas por AENOR y la UE y la International Society of Gilipolleces Veraniegas. Han de ser de una tela gruesa y embadurnadas con una capa de barnices antisolquetecagas. 

Si llegas a la playa y dejas que tu hijo se bañe tal cual ha llegado, tienes muchas papeletas de que te quiten la custodia durante el resto de verano. Te denuncia el vecino de toalla y te las ves con el Juez de turno. 

Consecuencias de todo esto: las alergias. Hoy entras en el comedor de un colegio cualquiera y tienes más tipos de comida que el Zoo. Que si para intolerantes a los frutos secos, alérgicos al huevo, celíacos, alérgicos a la lactosa, al pescado, a la soja, al melocotón en almíbar, a... ¿Habrá intolerancia a la Coca-Cola? No, no creo. O igual sí. Hay de todo para todos. 

Hoy te dejan a un niño para pasar la tarde y te lo dan con un manual de instrucciones para no meter la pata y cometer homicidio imprudente por haberle dado un bocata de chorizo para merendar. Hasta el chorizo, si lees lo que pone en el paquete, lleva trazas de huevo. 

De todas formas y, para ir terminando, yo tengo mi propia teoría. La culpa de todas estas alergias, intolerancias, etc. no es ni por los rayos UVA, ni la superprotección, ni de la contaminación (como he leído por ahí)... La culpa de todo está en casa. Lo vemos a diario. Lo vemos por la mañana, a mediodía y por la noche. Cada vez que entramos en la cocina. Los culpables son LOS IMANES DE LA NEVERA. 

Sí. Antes no llenábamos las neveras de imanes. Hoy, casa que se precie tiene la puerta de la nevera repleta de imanes. De Teruel, de Sidney, del fontanero con su teléfono, de las páginas amarillas, de la mascota del evento de turno... Hay imanes para todos los gustos. 

Al poner tantos, seguro que afectan de alguna forma en los alimentos ahí metidos. Estoy plenamente convencido que con sus poderes magnéticos afectan de alguna forma a la calidad del chorizo, de la leche y los huevos. Por no hablar del suero de los yogures. Antes no tenían tanto, hoy es mitad yogur, mitad suero. Los imanes destrozan los yogures. 

Si quieres a tus hijos, tira los imanes. Quémalos. No los tires. Destrúyelos. Están cargándose nuestro futuro. La salud de nuestros hijos. Nuestra salud. 

¡Fuera imanes! ¡Fuera alergias! ¡Quiero comida desimantada! 

jueves, 5 de junio de 2014

Accidentes son eso, accidentes.

9 de la mañana. Suelto a los niños en el colegio. Me encuentro con una "madre del cole" y nos ponemos a hablar de los exámenes de nuestros hijos. Continuamos la conversación tomando un café con leche en un bar cercano al colegio. 

Vuelta a casa. Tras varios mensajes whatsaperos de ida y vuelta me confirma mi amigo Óscar que tengo entradas para ir a la Corrida de la Beneficiencia a la que también irá el rey "abdicado". Uno en zona sol y otro en sombra. Adivina a quién le toca cada sitio.

Voy a recoger a los niños al colegio. Les llevo a casa de sus abuelos. Como algo y me voy a Madrid con tiempo para darle un fregado al coche ya que hoy, otra vez, como conté en mi último post, llevaré a los picadores a la plaza. 

Echo un par de euros en la ranura correspondiente, empieza a salir agua a presión mezclada con algo de jabón. Vuelta entera al coche. Presiono el botón de aclarado y tras la segunda vuelta, el coche queda como los chorros del oro. Fácil, pues hace un par de semanas lo recogí del taller donde lo pintaron entero. 

Llego al hotel de la cuadrilla. Charlo un rato con algunos de ellos. Metemos los trastos en el maletero. Saco las sillas de los niños y aparecen los picadores. 

Atascados en Alcalá, se empieza a notar que el "abdicado" presidirá la faena de hoy. Llegamos a la puerta de cuadrillas y me despido hasta terminada la corrida.

Gritos de "¡Viva el Rey!", un par de orejas, un par de toros de pena, un silencioso y poco acompañado "¡Fuera los Borbones!", y aplausos y más aplausos. 

Termina la faena. Alcalá de vuelta al hotel. Soltamos lastre al llegar. Me despido hasta la próxima, posiblemente en Ávila el día 15. 

Paseo del Prado de camino a casa. Tráfico lento. Conduzco mi reluciente y recién pintado coche cuando tras un frenazo del coche que me precede, hago lo mismo por evitar golpearle y... 
Una señora de unos sesenta años conduciendo un Volkswagen gris hace, también, lo mismo, patinando las ruedas... Golpeándome la parte trasera derecha. Destrozando el parachoques. Noto como salta la, todavía húmeda, pintura por los aires. Creo ver el sudor de los mecánicos que me arreglaron el coche chorrear por el asfalto del Paseo del Prado. Salgo del coche tras aparcarlo en el carril bus para comprobar los daños. Se me saltan las lágrimas. Lanzo una primera mirada asesina al parabrisas delantero de la criminal que me golpeó instantes antes. Miro al suelo. Miro el parachoques otra vez. Vuelvo a mirarle, esta vez a los ojos, y veo en ella una asustada mujer con cierto sentimiento de culpa. Me mira. Sus ojos se disculpan sin todavía mediar palabra. 

Automáticamente, algo dentro de mi me dice que baje los humos, que ella no ha tenido ninguna culpa. Si, al fin y al cabo, los accidentes se llaman así por algo. Son, símplemente, accidentes. Afortunadamente ha quedado en eso. En pintura recién aplicada saltando por esos aires contaminados de Madrid. Incrustándose en las pequeñas grietas del negro asfalto de la calle. Su coche. Ni un rasguño. Tal vez uno. 

Busco los papeles del seguro, iluso de mi. No están. Acabo de cambiar de compañía de seguros y solo tengo el mail de confirmación. Llevo, exáctamente, dos días, cuarenta y ocho horas, con este coche asegurado por esta nueva compañía. Intercambiamos datos. Quedamos en hablar, con algo más de calma, mañana por la mañana. Afortunadamente, compartimos compañía de seguros. Todo será fácil y rápido, me dicen por teléfono en Atención al cliente. 

Retomo mi camino de vuelta a casa. Pongo la radio. La apago. Pienso: "Estoy orgulloso de ti. La podías haber montado, incluso con razón, y no lo has hecho. Tenías dos formas de afrontar ese problema. Has optado por la mejor manera de ambas. Sigue tranquilo. Llega a tu casa. Descansa. Mañana será otro día." 

Dejo de pensar. Dejo de escribir.