miércoles, 18 de junio de 2014

"El ser humano es bueno por naturaleza"


"No todo el mundo es malo por naturaleza". 
"El mundo está lleno de gente buena". 
"Uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario". 
"No existirían los malos si el mundo no estuviese lleno de buenos, no tendrías con quién compararlos". 

La semana pasada, camino de casa de mi padre, me dirigía por la M30 hacia La salida de O'Donnell (me viene a la cabeza una frase que oí ayer en la radio, "La vida es como la M30, si te equivocas una vez la has cagado para siempre"). 

Una vez pasé el pirulí, me encontré con el habitual atasco de esa zona a esa hora. Los coches del carril derecho avanzaban, los del izquierdo también. Yo, como siempre, pensé, "una vez más me ha tocado el carril de los tontos". No. Esta vez no. Los de mi carril avanzaban. Todos menos un Mercedes antiguo, el coche que le seguía y yo, que estaba detrás de ellos. Era obvio que el Mercedes se había estropeado. Los gestos del conductor así me lo transmitieron. Parece que el conductor del Renault que se encontraba entre nosotros dos era de otro planeta. No entendió nada. Sin poner el intermitente, sin previo aviso, volantazo a la izquierda, acelerón en plan salida del pitlane, y adiós muy buenas, no sin dejar de sacar su brazo por la ventanilla y dedicar una amable peineta al malogrado conductor del Mercedes. 

El espacio que quedó entre el coche averiado y el mío quedó vacío, tanto como el cerebro del capullo de la peineta. Acerqué mi coche. Lo coloqué a la derecha del Mercedes. Bajé la ventanilla y confirmé lo ya sabido. "Acabo de salir del taller y aquí estoy, con el coche parado otra vez". 

No tenía triángulos, no tenía chalecos, "no tenía cabeza" me dije. Bueno, Murphy anda cerca. Vamos a ver si le mandamos a la mierda entre los dos. Saqué los triángulos, los coloqué a una distancia prudente, la gente pitaba. La gente está de los nervios, así, en general. Le di un chaleco. Se lo puso. Me puse el mío. Coloqué mi coche de tal forma que cortaba también el carril derecho. La gente no solo pitaba, la gente se bajaba de los coches a insultar, gritar... Vaya mundo de mierda. Vaya estrés. Vaya... vaya. 

Empujamos el Mercedes hasta el arcén. Ahora era mi coche el que había que mover. Fácil, el mío funciona. Lo aparqué en el arcén. Recogí triángulos. Me dijo que esperaría a la grúa por lo que nos despedimos. Me devolvió el chaleco y le dije que se lo quedara que a Murphy uno no se lo carga tan fácilmente, que suficiente tenía ya con el coche roto como para que tuviese que pagar una multa por ir sin chaleco. No está la vida para ir pagando multas así como así. 

Y pensarás... ¿Qué tiene que ver esto con las citas de ahí arriba? Muy sencillo, al llegar a casa de mi padre le conté lo ocurrido, el porqué de mi retraso, y me dijo: "Ten cuidado que por ahí hay gente que simula averías para luego robarte y desplumarte". 

"El ser humano es curioso y bueno por naturaleza". Eso dice mi amiga Alicia Sornosa (hablaré de ella y lo que hace en otro momento). Siempre vamos por ahí pensando que todo aquel con que nos cruzamos nos la va a liar. Llama al timbre uno diciendo que es de Iberdrola y pensamos que es un albanokosovar que nos va a cortar en dos. Se acerca alguien a nuestros hijos y pensamos que nos los van a raptar. Nos para un japonés en la calle con un mapa y Nikon al hombro y nos da por pensar que es de la mafia china y nos va a abrir en canal para vender nuestros órganos en el mercado central de Pekín. 

No. No y no. Y si así es, mala suerte. 

Dicho todo esto, me voy a levantar de aquí que se acerca un tipo raro.

...

Falsa alarma. Era el camarero para traerme la cuenta. 

viernes, 13 de junio de 2014

Mear de pie en whatsapp

Hoy me he vuelto a ver metido en un tremendo lío. Las madres de los compañeros de colegio de mi hijo han creado un grupo de whatsapp. Me da un poco igual el hecho de que se pongan a cotillear como una manada de porteras a la hora de cierre de portales. Lo que no llego a entender es por qué me incluyen a mí. Vale que soy de los pocos padres que lleva a los niños al colegio casi a diario. Pase que me traigo a sus hijos muchas veces a casa, que debe ser la razón por la que casi todas tienen mi número de teléfono. Reconozco que mi defecto, o virtud, de hablar hasta con las farolas haga que todas me conozcan. Pero de ahí a meterme en sus grupos de madres... 

No es la primera vez. Aquella, la primera, me vi envuelto en una discusión cromática. Que si el regalo común que haríamos a una cumpleañera de 5 años era mejor un vestido rosa con un cuello estilo princesa en blanco roto, bordado a todo bordar con bodoques y rematado con unos botones estilo francés que rompen con el estilo clásico del patrón original. Mira, ni sabía lo que era el blanco roto, ni mucho menos el estilo ese francés del que hablaban y para qué contaros y aburriros con mi desconocimiento total de lo que es un bodoque... o un patrón. 

Me fui. Abandoné. En cuanto salió el tema elección de flores para la madre que invitaba me largué. Me piré sin previo aviso. No debió de sentar nada bien pues acto seguido me llegaron seis mensajes de seis madres pidiendo explicaciones. Respondí de una manera un tanto grosera, el tiempo ha pasado y así lo veo ahora... "El único que mea de pie soy yo. Las que lo hacéis sentadas, seguid discutiendo si es mejor un centro de margaritas de colores o un ramo de rosas sin espinas". 

Lo han intentado varias veces más. Sigo buscando y no consigo ver nombres masculinos en la lista de miembros. Les he dado el teléfono de mi mujer. Pensé que pillarían la indirecta. Perfecto, lo han entendido a la primera, pero parcialmente. Ahora nos meten a los dos en los interesantísimos grupos que tanto me aportan. Vamos a ver, que yo no os meto a vosotras en los grupos de colegas discutiendo si es mejor cortar las palmeras del jardín con sierra o motosierra, o en aquél donde organizamos el partido de fútbol de solteros contra casados. Tampoco recuerdo veros en el sonadísimo grupo de la despedida de soltero de Juan. ¿Acaso os preguntamos algo de aquello? No, ¿verdad? Pues eso, que no quiero ser miembro de ningún Club de Madres. Insisto, cuando voy al cuarto de baño es posible que no levante las dos tapas como vosotras, pero es que no lo hago para sentarme, sino porque se me olvida. Meo de pie. 

Me reconozco paciente. Pero todo tiene un límite. Aprended de los vascos y sus asociaciones gastronómicas. No entran tías. Tomad nota del deporte. En la WTA (Asociación de Tenis Femenino) no hay tenistas con pelo en pecho... Joder, Navratilova me chafa este ejemplo. Aprended entonces del equipo de natación sincronizada, solo ellas. Tomad nota entonces: en el grupo "madres del cole" no hay sitio para mí, ni un hueco. 
 
Hoy, decía, me han metido en otro grupo. Hoy hay movida entre dos de ellas. Hoy... me quedo. 

miércoles, 11 de junio de 2014

Vaya racha

Llevo una racha malísima con lo que respecta a los temas del hogar. Hace un par de semanas, estando de Rodríguez,  tuve cena de amigos en casa y antes de acostarme puse el lavaplatos. Seis platos. Seis tenedores. Seis cuchillos. Cinco cucharas (Jorge no tomó salmorejo. Dice que pica mucho y le sienta fatal). Una docena de vasos. Un jarra. Y cuatro cacharros más. Hasta aquí todo normal. 

A la mañana siguiente me levanté con un mosqueo de cojones. La casa entera olía a lavandería. Juraría que me acosté con un par de copas de más solamente, pero por un momento pensé que llevaba un pedo gordo encima y no estaba en mi casa. Mi casa no huele así. Todavía  con los ojos medio cerrados, los músculos buscando su sitio y los huesos terminando de engrasar sus juntas, me propuse tomar un café antes de mandar por el desagüe de la ducha los restos de sueño que aún me quedaban. 
Abrí la puerta de la cocina y, de repente, me acordé de cuando estuve en las cataratas del Niagara en la primavera del 96. 

El agua empezó a correr por todas partes. La cocina, o lo que parecía serlo, comenzó a vaciarse mientras el resto de la casa pasaba a hacer justo lo contrario. 

Tengo un problema serio. El lavaplatos se ha jodido. ¡Qué narices! Tengo dos problemas. Tengo que arreglar el trasto ese y fregar toda la casa antes de que se cargue el parquet. 

Fregar se me da regular, más bien de culo, sinceramente. Pero de lo que sí estoy seguro es que no sé abrir el lavaplatos salvo por donde dice "open". 

Llamo al técnico. Llega a casa, como bien me dijo por teléfono, a lo largo de la mañana, es decir, a las seis de la tarde. No hay como conocer los husos horarios, y el del gremio de ñapas es así, siempre 6 o 7 horas después de lo acordado. Desatornilla, desmonta, suspira, resopla, cambia un par de piezas rotas por otras nuevas, sopla por un tubito de goma, monta, atornilla y 250 euros por los servicios prestados. 

El martes siguiente, un par de días después de la inundación, empezó a salir una mancha negra en el salón de casa. Pensé que serían restos de vino de algún capullo de los que vinieron a cenar el sábado. Me arrodillé, acerqué mi nariz, olí y de Rioja nada de nada. Olía a limpio, demasiado limpio. ¡El lavaplatos! Era humedad que había salido por no haber fregado bien. Quedó un charco de agua enjabonada, una mierda de charco que hizo de las suyas y se cargó el suelo. Busqué el teléfono del seguro de la casa. Pregunté y me dijeron que sí que lo cubrían, que vendría un tal Ramiro a arreglaro. 

Ramiró llegó, a su hora pero llegó. Le acompañaban su hijo Cito (todavía me pregunto si era nombre o mote), su sobrino El Lijas (éste era mote fijo) y un tal Boris, que traía la nariz tan colorada como la caja de herramientas que plantaron en la cocina. 

Ramiro mandó ver el desperfecto. Mandó medir. Mandó vaciar el salón. Mandó subir las máquinas de la furgoneta. Mandó... mandó tanto que hasta me mandó a paseo. 

Volví a última hora de la tarde, ya entrada la noche. Allí estaban los cuatro sentados en la parte de atrás de su Fiat blanca. Tres de ellos manchados de polvo de pies a cabeza, impregnado en sus brazos debido al sudor pegajoso que debieron soltar mientras trabajaban. Ramiro estaba igual que llegó, impoluto, pero con un pedo de colores. Me parece que según me fui se bajó al bar de Antonio a hacer una cata de vinos mientras su hijo, sobrino y Boris arreglaron mi suelo. Es igual, tema zanjado. 

Lavaplatos como nuevo. Parquet del salón, nuevo. 

El jueves, volviendo de la oficina, en pleno atasco de vuelta a casa empezó a salir humo del motor del coche. Para variar, me pilló en el carril rápido donde todos iban a unos 30 km/h. Me las vi y me las desée para llevar el coche al lado del arcén. Le eché un par y corté la M40. Ahí nadie me ayudaba ni me dejaba cambiar el coche de carril. Yo empujando solo, girando el volante, y vuelta a empujar. Como nadie se solidarizaba y al ver que no lo iban a hacer, como decía, corté la carretera. Abrí el maletero y empecé a colocar de todo en línea recta en perpendicular al sentido de la carretera. Los coches de delante avanzaban mientras yo colocaba paraguas, raqueta de tenis, palos de golf de juguete de mi hijo, la rueda de repuesto, el gato, el mapa de carreteras de Repsol del año 2001, el de Campsa de 1987, y también, un par de triángulos sin montar, que no hay Dios que los monte. La gente pitaba. A mi me daba igual, yo saqué fuerza de donde no me quedaba y acabé dejando el coche en el arcén. Pusé los intermitentes comencé a recoger todo. Los palos no, el hijoputa del Corsa se los cargó por impaciente. Pasó su viejo Opel por encima de ellos. 

Llamé a la grua. "En no más de 20 minutos llegará la grua". Correcto. En 15 llegó. Abrió el capó y flipó. Aparentemente me cargué el coche. Empezó a hablar de cosas que yo solo había escuchado en ese programa de Discovery Channel donde restauran coches viejos. Como siempre lo veo mientras me intento pasar algún nivel más del Candy Crush no me entero de nada. Lo subió a la grúa para llevarlo al taller. Una vez arriba, se le ocurrió vaciar su botella de Lanjarón en el depósito del agua del coche. "Arranca niño" y el niño arrancó y el coche funcionó. Bajó el coche de la grúa y tras firmarle el parte, se largó. 

Anoche me tocó hacer cena. Mi mujer llegaba tarde del trabajo. Normalmente la hace ella. Miré el menú del colegio de los niños y, bingo, tocaba "huevos y verdura". Chupado. Eso lo hago en un periquete. Saqué los huevos de la nevera. Partí la cáscara y eché el contenido en un bol. Así cinco veces. Los dos últimos como en Master Chef, con una mano. Cogí una bolsa de patatas fritas que estaba a medias y las eché en el bol. A los niños sé que les chifla esa tortilla. Puse un chorro de aceite en una sartén. Una vez caliente eché todo dentro de la sartén. Mientras se iba haciendo preparé una ensalada. Se me complicó el aguacate. Me puse perdido y el hueso salió volando. "Luego lo recojo que se me quema la tortilla", pensé. Saqué una cosa para dar la vuelta a las tortillas que nunca antes había usado pensando que era la tapa de algo. En ninguna de las tres anteriores veces que hice torti... lo que acabó siendo un revuelto lo usé. Le di la vuelta, funcionó y ya solo quedaban un par de minutos. O no. Igual era uno, la tortilla se me quemó. Más que quemada, estaba super hecha por dentro. Vamos, que la comimos pero estaba asquerosa. Para tirarla a la basura. 

¿Y a quién cojones llamo yo ahora? Si mis hijos no fueran unos tragaldabas y unos santos y me hubieran rechazado la mierda de tortilla que les hice... ¿Qué seguro cubre eso? ¿Qué Ramiro de turno viene y te arregla ese problema? Por que esto sí que es grave. El próximo día me paso el menú del cole por el Arco del Triunfo y cocino lo único que me sale de cine...

"Sí, tres medianas... una pepperoni con extra de queso, otra..."