martes, 1 de julio de 2014

Hay 46.507.760 médicos en España

Mi abuelo Luis era médico. Médico de los de carrera de medicina. Pediatra para más señas. Bien, mi abuelo, el pediatra, siempre decía que en España había 40 millones de médicos. Hoy, unos años después de que él dijese aquello, la cifra ha aumentado. Hoy hay 46.507.760 médicos. Eso dice el Instituto Nacional de Estadística en su página web. 23.633.605 son mujeres, o médicas como dicen los cursis progres. Con el resto, ellos, llegamos a la cifra que supera los 46 millones antes citada.

Para ser más exactos, tendría que restarse a los menores de 18 años, pero vamos, que para el caso no importa. Hay médicos para aburrir.

Tenemos los médicos de carrera, como mi abuelo. Son aquellos que por vocación, obligación o cualquier otra razón deciden al terminar el bachillerato matricularse en la facultad de medicina y dedicar el resto de su vida a estudiar para atender como Dios manda al que vaya a ser su paciente. Un paciente que se encontrará en su consulta, en el quirófano, en la escalera de su casa, en el vagón de metro o en el asiento 23J de un avión. El médico es médico desde que se levanta hasta que se acuesta... Incluso hay veces que hasta dormido es médico. Mi agradecimiento hacia todos ellos.

Luego tenemos al médico sin carrera. Aquí caben muchos tipos. Está "la madre sabelotodo" que lleva al niño al pediatra, éste le receta un antiinflamatorio para el dolor de oído de su hijo y al salir coge la receta, la agarra con una mano, cierra esa mano, arruga el papel hasta darle forma cilíndrica y cual Larry Bird lo lanza a la papelera más cercana pensando: "Me va a decir a mí este inútil lo que le tengo que dar o no a mi hijo si como yo, que soy su madre, no le conoce nadie."

Por otro lado está "la abuela". Ella es de la escuela de Hipócrates. Todo lo que tú, como padre, o el médico de cabecera de tus hijos diga, está mal. No solo está mal, está fatal. "Cuando tú eras pequeño y tenías fiebre te dábamos un ungüento que te dejaba nuevo"... "Dale este jarabe casero que nos daba la bisbuela Antonia y unas gotas de anís del mono y verás como se le quita esa tos fea al niño." Uno, que es del siglo XX y parte del XXI se hace el loco y al final ni ungüentos ni jarabes venenosos. Uno, un padre de hoy en día, coge al niño y se va al centro de salud correspondiente a que un profesional vea a su hijo.

Luego nos encontramos con los médicos neo-hippies. Estos son los que, tras leer un artículo en Readers Digest donde hablan de la terapia del ombligo o la psicología oculta del pulgar del pie deciden matricularse en una pseudo escuela de medicina donde, tras seis largas semanas, les darán un diploma con su nombre y apellidos para poder ejercer "la medicina" durante el resto de su vida. Eso sí, previo pago de unos cuantos miles de euros. 

Hace un par de años, por motivos de trabajo, fuimos unos cuantos a Lima. Durante el vuelo, mi compañera de asiento, Eva, leía un libro con muchísima atención. Tan es así que ni comió ni cenó en el vuelo. No tuvo tiempo más que de leer, releer, subrayar... empaparse de ese libro. A mitad de viaje le pregunté, por pura curiosidad, sobre el libro. "Ombligoterapia," me dijo, "estoy haciendo un máster en Ombligoterapia". ¡Coño! Se me ocurrieron cientos de preguntas a las que ella respondió con mucha paciencia. Incluso me invitó a tratar mi dolor de espalda prometiéndome que me lo quitaría desde el ombligo. El resto de compañeros de trabajo, que nos oían hablar, se interesaron y al llegar a Lima nos citó a todos en su habitación. Marta, tomaba apuntes con mucho interés, futura ombligoterapeuta, pensé. A Juan le dolía un tobillo desde hace tiempo. Se lo torció jugando al pádel. Eva le tumbó en la cama, le hizo levantarse la camisa. Le pasó las manos a una distancia de unos milímetros de su cuerpo desde la cabeza hasta el ombligo. Allí paró y comenzó a meterle mano. Le frotó, refrotó, hasta que, unos minutos después, deshizo el movimiento inicial, esta vez, de ombligo a cabeza. Le sacudió las manos alrededor de su cuerpo, como para limpiarle el polvo, o los malos espíritus, y zas... Juan se levantó sin cojera.

Mi turno. Me quito el polo, me tumbo. Empieza a pasarme la mano cerca y al llegar al ombligo me machaca. Lo mismo que a Juan. Al levantarme me preguntó por mis sensaciones. "Bien, yo no te voy a mentir, creo que si lo hago te perjudicaría. Te diré lo que siento en este momento. La verdad. Entré a tu cuarto con dolor de espalda y salgo de él con dolor de espalda y un dolor de tripa que no voy a poder acompañaros en la cena. Gracias de todas formas. Sigue estudiando." Creí necesitar una epidural. Madre mía, qué dolor. 

Entiendo que por distintos motivos necesitemos ocupar nuestro tiempo en hacer cosas. Es estupendo que gente, incluso superando los 50, sigan queriendo estudiar. Pero, por favor, vosotros, los que tenéis ganas de ayudar al prójimo, los que tenéis mente de sanadores y curanderos, dejad que los profesionales nos sigan tratando. No vayáis por la vida repartiendo tarjetas de visita con vuestro nombre precedido de un "Dr." en negrita y un título de DOCTOR EN PSICOLOGIA AMIGDALAR escrito justo debajo. No cuela. Hay otras formas de ayudar. Una en particular. Dejad que los médicos hagan su trabajo. Tanto los de bata blanca como los orientales. Llevan unos cuantos años haciéndolo y parece que no les va nada mal. Las flores, para el jardín... Dejad de hacer potingues con pétalos de rosa pretendiendo hacernos creer que cura el cáncer.

Dicho esto, os dejo que tengo cita en media hora y no llego. Voy a ver si me curan el disgusto de España en este mundial con un buen ron. Esa sí que es medicina de la buena. Chin chin.
                                             

miércoles, 25 de junio de 2014

Campamentos de verano

Llega el final de curso y el final de tus ideas. Llega el momento en pensar qué narices hacer con tus hijos mientras tus vacaciones están a años vista. Abres el cajón donde guardas el correo y buscas todos los trípticos, dípticos y resto de folletos de los maravillosos campamentos de verano. Buscas en internet. "Google, ayuda, esto va en serio, necesito ideas para ver qué hago con los niños en julio." Vas a recoger las notas al colegio y lo de menos son los sobresalientes, notables... suspensos. Ahora lo que intentas es hacer corrillo para, con el resto de padres, empezar un brain storming de los buenos y recibir información y consejos. 

Una los lleva al campamento de día de su ciudad. Otros al pueblo inglés que ni es pueblo ni es inglés. Los Pérez se van todos al sur de Francia a un rollo comuna que ya les preguntaré a la vuelta porque no he entendido nada de lo que me han contado. Pablo, el pobre Pablo, que lo que quería era quedarse en casa, al final se va a un campamento de pseudo scouts. Y el friqui del padre de Moncho ha conseguido plaza en un Summer Camp de fútbol donde le prometen sacar lo mejor de su hijo para crear al próximo Cristiano Ronaldo. Lo lleva clarinete. Yo he visto a Moncho jugar al fútbol y lo más redondo que ha visto ese niño es su descomunal tripa que llena de donuts todas las tardes después del colegio. 

Hace un mes, o así, recogiendo a los niños a la salida de clase, me encontré con Gabriel. Tiene dos niñas. Una de siete años y la mayor de diez. Su mujer, que es profesora, se negaba a mandarlas a ningún campamento este verano. Como tiene un horario flexible en verano se ofreció para pasar las mañanas con ellas y Gabriel se ocuparía por las tardes. Me contaba Gabriel, que Marta, su mujer, pensaba que los campamentos eran como sucursales de Guantánamo repartidas por todo el mundo. Que si allí solo iban los niños delincuentes, que si lo único que les aportarían los quince días en la sierra era una colección de insectos por parásitos, que ya tenía suficiente con los piojos del colegio. Total, que Gabriel, que había sido Boy Scout de pequeño, cedió. 

La semana pasada acabaron las clases. Las niñas madrugaban algo menos que para ir al colegio. En lugar de levantarse a las 7:00 como todo el año, lo hacían a las 7:30. Gran generosidad por su parte. "Así mamá descansa y duerme un rato más." Antes de las 8:00 ya habían discutido por algo. A las 9:00 primer grito de su madre. Os portáis bien o no hay piscina. Las niñas, erre que erre, pelea tras pelea, grito por aquí y gritos por allá. Vale, hoy no hay piscina. Pensando en castigar a las niñas, la más perjudicada es su madre. Sin piscina no hay forma de quitarse el calorazo de encima. Además, los 80 metros de su casa no dan para estar dos niñas endiabladas 24 horas seguidas sin salir a la calle. Se asoman a la ventana, ven a sus vecinas hacer gamberradas en el agua mientras ellas sufren en su quinto piso con vistas al sol... sol por la mañana, sol por la tarde, sol todo el día. 

Gabriel está reunido con su jefe arreglando un contrato que hay que cerrar para el viernes. No hace más que vibrarle el teléfono. Lo mira. Es Marta. Vuelve a vibrar. Marta otra vez. A la tercera responde. 

- Marta, dime, estoy reunido. 
- Las niñas se van. Me da igual si aprenden inglés, yoga, o flamenco, pero las niñas se van. Que se hagan scouts o alpinistas pero aquí no se quedan todo el verano. Las acabo de apuntar a un campamento en Murcia. El autobús sale en dos horas. O vienes o no te despides de ellas. 
- Imposible, no les hagas eso. Dame el número de teléfono del campamento que lo cancelo. 

Media hora después, vuelve a sonar el teléfono de Gabriel. 

- Gabriel, cariño, sabes que te quiero, pero he visto en la intranet del colegio que necesitan una cocinera para el Summer Camp de Burgos. No he podido decir que no. Esta noche llevo a las niñas a casa de tus padres. Todo está arreglado. Por cierto, vuelvo el 30 de agosto. Biiip... Biiip... Biiip... 

miércoles, 18 de junio de 2014

"El ser humano es bueno por naturaleza"


"No todo el mundo es malo por naturaleza". 
"El mundo está lleno de gente buena". 
"Uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario". 
"No existirían los malos si el mundo no estuviese lleno de buenos, no tendrías con quién compararlos". 

La semana pasada, camino de casa de mi padre, me dirigía por la M30 hacia La salida de O'Donnell (me viene a la cabeza una frase que oí ayer en la radio, "La vida es como la M30, si te equivocas una vez la has cagado para siempre"). 

Una vez pasé el pirulí, me encontré con el habitual atasco de esa zona a esa hora. Los coches del carril derecho avanzaban, los del izquierdo también. Yo, como siempre, pensé, "una vez más me ha tocado el carril de los tontos". No. Esta vez no. Los de mi carril avanzaban. Todos menos un Mercedes antiguo, el coche que le seguía y yo, que estaba detrás de ellos. Era obvio que el Mercedes se había estropeado. Los gestos del conductor así me lo transmitieron. Parece que el conductor del Renault que se encontraba entre nosotros dos era de otro planeta. No entendió nada. Sin poner el intermitente, sin previo aviso, volantazo a la izquierda, acelerón en plan salida del pitlane, y adiós muy buenas, no sin dejar de sacar su brazo por la ventanilla y dedicar una amable peineta al malogrado conductor del Mercedes. 

El espacio que quedó entre el coche averiado y el mío quedó vacío, tanto como el cerebro del capullo de la peineta. Acerqué mi coche. Lo coloqué a la derecha del Mercedes. Bajé la ventanilla y confirmé lo ya sabido. "Acabo de salir del taller y aquí estoy, con el coche parado otra vez". 

No tenía triángulos, no tenía chalecos, "no tenía cabeza" me dije. Bueno, Murphy anda cerca. Vamos a ver si le mandamos a la mierda entre los dos. Saqué los triángulos, los coloqué a una distancia prudente, la gente pitaba. La gente está de los nervios, así, en general. Le di un chaleco. Se lo puso. Me puse el mío. Coloqué mi coche de tal forma que cortaba también el carril derecho. La gente no solo pitaba, la gente se bajaba de los coches a insultar, gritar... Vaya mundo de mierda. Vaya estrés. Vaya... vaya. 

Empujamos el Mercedes hasta el arcén. Ahora era mi coche el que había que mover. Fácil, el mío funciona. Lo aparqué en el arcén. Recogí triángulos. Me dijo que esperaría a la grúa por lo que nos despedimos. Me devolvió el chaleco y le dije que se lo quedara que a Murphy uno no se lo carga tan fácilmente, que suficiente tenía ya con el coche roto como para que tuviese que pagar una multa por ir sin chaleco. No está la vida para ir pagando multas así como así. 

Y pensarás... ¿Qué tiene que ver esto con las citas de ahí arriba? Muy sencillo, al llegar a casa de mi padre le conté lo ocurrido, el porqué de mi retraso, y me dijo: "Ten cuidado que por ahí hay gente que simula averías para luego robarte y desplumarte". 

"El ser humano es curioso y bueno por naturaleza". Eso dice mi amiga Alicia Sornosa (hablaré de ella y lo que hace en otro momento). Siempre vamos por ahí pensando que todo aquel con que nos cruzamos nos la va a liar. Llama al timbre uno diciendo que es de Iberdrola y pensamos que es un albanokosovar que nos va a cortar en dos. Se acerca alguien a nuestros hijos y pensamos que nos los van a raptar. Nos para un japonés en la calle con un mapa y Nikon al hombro y nos da por pensar que es de la mafia china y nos va a abrir en canal para vender nuestros órganos en el mercado central de Pekín. 

No. No y no. Y si así es, mala suerte. 

Dicho todo esto, me voy a levantar de aquí que se acerca un tipo raro.

...

Falsa alarma. Era el camarero para traerme la cuenta.