viernes, 4 de julio de 2014

Denver, 1989

Terminado octavo de EGB de una forma mediocre se decide en mi casa que el curso siguiente lo realizaré en EEUU. A mi me daba un poco de canguele, la verdad, pero por otro lado, mi hermano mayor estudió 1º BUP allí y tampoco le fue tan mal.

Casi a finales de ese verano salía el avión con el grupo que estudiaríamos en Denver, Colorado, ese año. Eramos unos pocos más que veinte. Todos de 17 o 18 años menos otro estudiante y yo, que teníamos 13. Al llegar al avión, tras las despedidas de nuestras familias, el coordinador que nos acompaña nos entrega un sobre a cada uno con una fotografía de nuestra "nueva familia" pegada a un papel donde estaba impresa la dirección de la casa donde viviríamos. Cada uno de nosotros imaginaba historias viendo aquellas fotografías. Como es normal, minutos después de que la señal de cinturones se apagase, nos levantamos para enseñar nuestras fotos al resto y cotillear las suyas. Algo raro ocurrió. Había fotos repetidas pero con direcciones diferentes. Y direcciones iguales con fotografías distintas. El coordinador lo achacó a un error a la hora de prepar los sobres.



Largas horas después, tras hacer escala en cierto aeropuerto que no recuerdo, aterrizamos en el aeropuerto de Denver. Contábamos los minutos por conocer a nuestras familias. Cual fue nuestra sorpresa que al salir a la zona de llegadas, con nuestros carros llenos de maletas, solo había una señora esperándonos. Segundo chasco. Nos contaron que pudo ser un error, otro, al enviar la fecha de llegada al delegado en Denver. Nos envían a un hotel, supuestamente para una noche. Al final, pasamos una semana en el hotel y casi dos en un rancho.

Todas las mañanas salía una furgoneta desde el rancho a hacer una ruta por varios colegios de la ciudad con el único propósito de presentarnos a los estudiantes para que rogasen a sus padres que nos acogiesen a alguno de nosotros. El procedimiento era el mismo que un certámen de Miss España. Eramos objetos de subasta. Nos presentábamos y decíamos nuestras virtudes para así poder convencer a alguno de los allí presentes.

A mi me eligió un estudiante mayor que yo de origen oriental. Nos dirigimos a su casa y nos recibieron sus padres, él vietnamita, ella china. Hablaban peor inglés que yo. Sus hijos no, ellos lo dominaban. El delegado y el matrimonio se quedaron estudiando la documentación en el salón. El hijo que me eligió me enseñó el que sería mi cuarto. Bajamos unas escaleras y cuando creí que abriría una puerta a un maravilloso dormitorio me encontré con un garaje lleno de trastos y un viejo coche que parecía que no usaban mucho. A su lado, mi cama, un colchón tirado en el suelo. Fingí mi agrado con una falsa sonrisa y le pedí que me dejara vaciar mis maletas. Al saber que llegó al piso de arriba corrí hacia un teléfono que vi colocado encima de una caja de madera. Marqué en décimas de segundo los trece dígitos para dar con mi casa de Madrid. Sonó el tono dos o tres veces, era de madrugada en casa, y contestó mi padre. No le dejé hablar. Le conté lo que estaba viendo y viviendo en esos instantes. Me pidió hablar con el delegado. Pasaron cinco minutos y nos despedimos de esa familia. Si me llego a quedar... no sé, pero estoy seguro que muy bien no me hubiera ido.



Vuelta al rancho. Hora y pico de coche escuchando la bronca que me echaba el delegado por lo egoísta y desagradecido que había sido. Me dormí.

A los dos días me vuelven a llamar. Camino de la casa donde me dirigía no hacía más que rogar en silencio que por lo menos la cama tuviese cuatro patas. El resto me daba medio igual. Al llegar a la casa nos esperaban en el jardín los cuatro hermanos. Una chica de 15 años, dos mellizos de 12 y un pequeñajo de 9. Otra vez papeleos, a contarles un poco sobre mí, y a deshacer maletas. Allí, la cama no solo tenía patas sino que mi cuarto tenía una gran ventana desde donde veía el gran jardín de la parte trasera de la casa. Cuarto de baño propio, etc. 

Nos despedimos del delgado y a la cama pronto que al día siguiente había colegio. 

La familia un diez. El pequeño, DJ, era uno de esos ángeles de los que habla Marta Barroso* en uno de sus últimos artículos de ABC. Con él aprendí una gran lección: habrá niños con Síndrome de Down pero, al fin y al cabo, los normales son ellos y los raros somos el resto. Todas las mañanas venía a darme los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja. Desayunábamos juntos, nos acompañaba al colegio y luego se marchaba al suyo. Por la tarde, algo de deberes y luego horas y horas de jugar al fútbol. En sus 9 años de vida no había visto nunca un balón de fútbol (en su casa eran más aficionados al baseball y fútbol americano). Le enseñé las normas básicas y, juntos, soñábamos jugando a ser grandes estrellas de las selecciones españolas y norteamericana. A veces, uno de los mellizos nos arbitraba usando el bate de baseball de banderín. 

Quiso aprender español. Le enseñé. Día tras día dando patadas... esta vez al diccionario pero lo aprendió. Un gran número de palabras que solo usaba conmigo. Quiso ser mi amigo. Lo consiguió. Horas juntos. Paseos. Aventuras... Éramos DJ y "Golalo". 

Me convenció para ser voluntario en los Special Olympics de Colorado Springs. Allí conocí a miles de niños como DJ. Allí me di cuenta de que los, mal llamados durante siglos, subnormales, retrasados... no eran ellos, insisto, sino el resto, nosotros. La paz, bondad, alegría que transmiten estos ángeles es raro que lo consiga alguien "normal". Lo que aprendí, lo que viví, lo que conviví durante ese año no lo olvidaré jamás. 



Más de 20 años después sigo en permanente contacto con la familia de DJ. Llamadas de teléfono, correos, cartas... Con DJ también. Con él de distinta forma. A DJ no le puedo escribir ni llamar pero sé que desde el lugar del cielo que le haya tocado ocupar sigue dando esos paseos conmigo mientras me pregunta por el fútbol o por el español. 

Gracias por hacer de un año desastroso uno que jamás olvidaré y que, sin duda, me cambió totalmente. 


* http://abcblogs.abc.es/marta-barroso/2014/07/02/un-cromosoma-extra/


martes, 1 de julio de 2014

Hay 46.507.760 médicos en España

Mi abuelo Luis era médico. Médico de los de carrera de medicina. Pediatra para más señas. Bien, mi abuelo, el pediatra, siempre decía que en España había 40 millones de médicos. Hoy, unos años después de que él dijese aquello, la cifra ha aumentado. Hoy hay 46.507.760 médicos. Eso dice el Instituto Nacional de Estadística en su página web. 23.633.605 son mujeres, o médicas como dicen los cursis progres. Con el resto, ellos, llegamos a la cifra que supera los 46 millones antes citada.

Para ser más exactos, tendría que restarse a los menores de 18 años, pero vamos, que para el caso no importa. Hay médicos para aburrir.

Tenemos los médicos de carrera, como mi abuelo. Son aquellos que por vocación, obligación o cualquier otra razón deciden al terminar el bachillerato matricularse en la facultad de medicina y dedicar el resto de su vida a estudiar para atender como Dios manda al que vaya a ser su paciente. Un paciente que se encontrará en su consulta, en el quirófano, en la escalera de su casa, en el vagón de metro o en el asiento 23J de un avión. El médico es médico desde que se levanta hasta que se acuesta... Incluso hay veces que hasta dormido es médico. Mi agradecimiento hacia todos ellos.

Luego tenemos al médico sin carrera. Aquí caben muchos tipos. Está "la madre sabelotodo" que lleva al niño al pediatra, éste le receta un antiinflamatorio para el dolor de oído de su hijo y al salir coge la receta, la agarra con una mano, cierra esa mano, arruga el papel hasta darle forma cilíndrica y cual Larry Bird lo lanza a la papelera más cercana pensando: "Me va a decir a mí este inútil lo que le tengo que dar o no a mi hijo si como yo, que soy su madre, no le conoce nadie."

Por otro lado está "la abuela". Ella es de la escuela de Hipócrates. Todo lo que tú, como padre, o el médico de cabecera de tus hijos diga, está mal. No solo está mal, está fatal. "Cuando tú eras pequeño y tenías fiebre te dábamos un ungüento que te dejaba nuevo"... "Dale este jarabe casero que nos daba la bisbuela Antonia y unas gotas de anís del mono y verás como se le quita esa tos fea al niño." Uno, que es del siglo XX y parte del XXI se hace el loco y al final ni ungüentos ni jarabes venenosos. Uno, un padre de hoy en día, coge al niño y se va al centro de salud correspondiente a que un profesional vea a su hijo.

Luego nos encontramos con los médicos neo-hippies. Estos son los que, tras leer un artículo en Readers Digest donde hablan de la terapia del ombligo o la psicología oculta del pulgar del pie deciden matricularse en una pseudo escuela de medicina donde, tras seis largas semanas, les darán un diploma con su nombre y apellidos para poder ejercer "la medicina" durante el resto de su vida. Eso sí, previo pago de unos cuantos miles de euros. 

Hace un par de años, por motivos de trabajo, fuimos unos cuantos a Lima. Durante el vuelo, mi compañera de asiento, Eva, leía un libro con muchísima atención. Tan es así que ni comió ni cenó en el vuelo. No tuvo tiempo más que de leer, releer, subrayar... empaparse de ese libro. A mitad de viaje le pregunté, por pura curiosidad, sobre el libro. "Ombligoterapia," me dijo, "estoy haciendo un máster en Ombligoterapia". ¡Coño! Se me ocurrieron cientos de preguntas a las que ella respondió con mucha paciencia. Incluso me invitó a tratar mi dolor de espalda prometiéndome que me lo quitaría desde el ombligo. El resto de compañeros de trabajo, que nos oían hablar, se interesaron y al llegar a Lima nos citó a todos en su habitación. Marta, tomaba apuntes con mucho interés, futura ombligoterapeuta, pensé. A Juan le dolía un tobillo desde hace tiempo. Se lo torció jugando al pádel. Eva le tumbó en la cama, le hizo levantarse la camisa. Le pasó las manos a una distancia de unos milímetros de su cuerpo desde la cabeza hasta el ombligo. Allí paró y comenzó a meterle mano. Le frotó, refrotó, hasta que, unos minutos después, deshizo el movimiento inicial, esta vez, de ombligo a cabeza. Le sacudió las manos alrededor de su cuerpo, como para limpiarle el polvo, o los malos espíritus, y zas... Juan se levantó sin cojera.

Mi turno. Me quito el polo, me tumbo. Empieza a pasarme la mano cerca y al llegar al ombligo me machaca. Lo mismo que a Juan. Al levantarme me preguntó por mis sensaciones. "Bien, yo no te voy a mentir, creo que si lo hago te perjudicaría. Te diré lo que siento en este momento. La verdad. Entré a tu cuarto con dolor de espalda y salgo de él con dolor de espalda y un dolor de tripa que no voy a poder acompañaros en la cena. Gracias de todas formas. Sigue estudiando." Creí necesitar una epidural. Madre mía, qué dolor. 

Entiendo que por distintos motivos necesitemos ocupar nuestro tiempo en hacer cosas. Es estupendo que gente, incluso superando los 50, sigan queriendo estudiar. Pero, por favor, vosotros, los que tenéis ganas de ayudar al prójimo, los que tenéis mente de sanadores y curanderos, dejad que los profesionales nos sigan tratando. No vayáis por la vida repartiendo tarjetas de visita con vuestro nombre precedido de un "Dr." en negrita y un título de DOCTOR EN PSICOLOGIA AMIGDALAR escrito justo debajo. No cuela. Hay otras formas de ayudar. Una en particular. Dejad que los médicos hagan su trabajo. Tanto los de bata blanca como los orientales. Llevan unos cuantos años haciéndolo y parece que no les va nada mal. Las flores, para el jardín... Dejad de hacer potingues con pétalos de rosa pretendiendo hacernos creer que cura el cáncer.

Dicho esto, os dejo que tengo cita en media hora y no llego. Voy a ver si me curan el disgusto de España en este mundial con un buen ron. Esa sí que es medicina de la buena. Chin chin.
                                             

miércoles, 25 de junio de 2014

Campamentos de verano

Llega el final de curso y el final de tus ideas. Llega el momento en pensar qué narices hacer con tus hijos mientras tus vacaciones están a años vista. Abres el cajón donde guardas el correo y buscas todos los trípticos, dípticos y resto de folletos de los maravillosos campamentos de verano. Buscas en internet. "Google, ayuda, esto va en serio, necesito ideas para ver qué hago con los niños en julio." Vas a recoger las notas al colegio y lo de menos son los sobresalientes, notables... suspensos. Ahora lo que intentas es hacer corrillo para, con el resto de padres, empezar un brain storming de los buenos y recibir información y consejos. 

Una los lleva al campamento de día de su ciudad. Otros al pueblo inglés que ni es pueblo ni es inglés. Los Pérez se van todos al sur de Francia a un rollo comuna que ya les preguntaré a la vuelta porque no he entendido nada de lo que me han contado. Pablo, el pobre Pablo, que lo que quería era quedarse en casa, al final se va a un campamento de pseudo scouts. Y el friqui del padre de Moncho ha conseguido plaza en un Summer Camp de fútbol donde le prometen sacar lo mejor de su hijo para crear al próximo Cristiano Ronaldo. Lo lleva clarinete. Yo he visto a Moncho jugar al fútbol y lo más redondo que ha visto ese niño es su descomunal tripa que llena de donuts todas las tardes después del colegio. 

Hace un mes, o así, recogiendo a los niños a la salida de clase, me encontré con Gabriel. Tiene dos niñas. Una de siete años y la mayor de diez. Su mujer, que es profesora, se negaba a mandarlas a ningún campamento este verano. Como tiene un horario flexible en verano se ofreció para pasar las mañanas con ellas y Gabriel se ocuparía por las tardes. Me contaba Gabriel, que Marta, su mujer, pensaba que los campamentos eran como sucursales de Guantánamo repartidas por todo el mundo. Que si allí solo iban los niños delincuentes, que si lo único que les aportarían los quince días en la sierra era una colección de insectos por parásitos, que ya tenía suficiente con los piojos del colegio. Total, que Gabriel, que había sido Boy Scout de pequeño, cedió. 

La semana pasada acabaron las clases. Las niñas madrugaban algo menos que para ir al colegio. En lugar de levantarse a las 7:00 como todo el año, lo hacían a las 7:30. Gran generosidad por su parte. "Así mamá descansa y duerme un rato más." Antes de las 8:00 ya habían discutido por algo. A las 9:00 primer grito de su madre. Os portáis bien o no hay piscina. Las niñas, erre que erre, pelea tras pelea, grito por aquí y gritos por allá. Vale, hoy no hay piscina. Pensando en castigar a las niñas, la más perjudicada es su madre. Sin piscina no hay forma de quitarse el calorazo de encima. Además, los 80 metros de su casa no dan para estar dos niñas endiabladas 24 horas seguidas sin salir a la calle. Se asoman a la ventana, ven a sus vecinas hacer gamberradas en el agua mientras ellas sufren en su quinto piso con vistas al sol... sol por la mañana, sol por la tarde, sol todo el día. 

Gabriel está reunido con su jefe arreglando un contrato que hay que cerrar para el viernes. No hace más que vibrarle el teléfono. Lo mira. Es Marta. Vuelve a vibrar. Marta otra vez. A la tercera responde. 

- Marta, dime, estoy reunido. 
- Las niñas se van. Me da igual si aprenden inglés, yoga, o flamenco, pero las niñas se van. Que se hagan scouts o alpinistas pero aquí no se quedan todo el verano. Las acabo de apuntar a un campamento en Murcia. El autobús sale en dos horas. O vienes o no te despides de ellas. 
- Imposible, no les hagas eso. Dame el número de teléfono del campamento que lo cancelo. 

Media hora después, vuelve a sonar el teléfono de Gabriel. 

- Gabriel, cariño, sabes que te quiero, pero he visto en la intranet del colegio que necesitan una cocinera para el Summer Camp de Burgos. No he podido decir que no. Esta noche llevo a las niñas a casa de tus padres. Todo está arreglado. Por cierto, vuelvo el 30 de agosto. Biiip... Biiip... Biiip...