viernes, 8 de agosto de 2014

Otra vez juntos

Otra vez juntos. Los tres. Hacía tiempo que no sabía de vosotras. Como siempre, llegáis sin avisar. No importa. Hace tiempo que os conozco y sé que siempre lo hacéis por sorpresa. Supongo que el día a día ha hecho que no os haya echado en falta tanto como debiera. Eso sí, en alguna ocasión he hablado de vosotras. De esos momentos que pasamos juntos en el pasado. En distintos rincones de España, incluso del extranjero. Conociendo sitios nuevos. Gente nueva. 

Veo que seguís bien. Me alegro. Veo que seguís siendo como esas hermanas gemelas que si una se cae la otra siente el dolor como propio. Pues bien, dejadme decir algo, y no os ofendáis, que sabéis que os aprecio, que os tengo cariño, que sois parte de mí, por eso seguís conmigo...

Cómo os volváis a inflamar y llenar de pus le pido al médico que os de un tajo con un bisturí y os meta en un bote que tiraré en medio del océano. Malditas amígdalas, cada vez que os inflamáis se me inflama otra parte del cuerpo que no voy a mencionar. Dejadme tranquilo, os he defendido siempre pero todo tiene un límite. Ya lo paso mal con el calor que tengo habitualmente en verano, como para soportar estas temperaturas con 40 grados de fiebre. Conseguís que lo pase peor que un pingüino en Écija en pleno agosto. Os doy tres días. Avisadas estáis. 

Hala... Dicho queda. 

miércoles, 16 de julio de 2014

Los Ángeles... del infierno

Recién aterrizado en Madrid de un largo viaje procedente de Los Ángeles me pongo a pensar sobre lo que he visto en los últimos días. Vengo del país adonde muchos ansian llegar para cumplir su perdonal sueño americano. Del país donde te prometen y aseguran el éxito. Allí, donde pasas de cero a cien en tu currículo en menos tiempo de lo que tardas en abrir y cerrar los ojos.  

Bien, puede ser cierto, no lo dudo, pero luego está la realidad. Esa que no sale en las guías de viajes. Esa que evitan que veas en los tours. Esa que hasta los GPS no quieren que veas. Esa que, esta vez, he visto yo. 

En Los Ángeles puedes estar pisando las estrellas de los famosos, guapos y ricos actores de Hollywood mientras esquivas a decenas de personas que sobreviven durmiendo en las aceras. 

En Los Ángeles puedes ir con tu Mustang descapotable de alquiler a cualquier playa del norte como Santa Mónica, Malibú, Santa Bárbara... o a cualquiera del sur como Newport, La Jolla... donde es más que probable que tu coche parezca sacado de un todo a cien comparado con lo que por allí pasean. Como digo, puedes ir a cualquiera de esas playas y mientras buscas sitio en las calles cercanas a la línea de playa, te vas encontrando cadáveres vivientes mendigando por un chusco de pan o una colilla de tabaco. 

En Los Ángeles puedes probar suerte e ir en transporte público, ya sea tren, metro o autobús para ir de un punto A a un punto B. En esos largos trayectos ves esos que se dieron de bruces con el cabecero de la cama al despertar de ese sueño que tanto les juraron. Ves a gente que lo más nuevo que han estrenado en los últimos años es ese litro de lágrimas que caen por su rostro día a día. 

Ves a esa madre adolescente que se escapa al mall pintada de arriba a abajo y te dice que lo único que va a hacer es pensar que compra algo mientras recorre los escaparates pues en realidad no puede comprar nada ya que en casa de su tía le espera ese hijo que tuvo en el colegio con un sinvergüenza que los abandonó. 

Ves, sí, en esa parada de autobús, a una mujer que aparenta 70 pero que no debe de pasar de los 40, levatarse las faldas para hacer pis dentro de la misma taza morada de los Lakers donde debe de desayunar, y que una vez terminado lo introduce en una botella vacía de agua, la cierra, la guarda, limpia con un papel la taza, la guarda en su bolsa de trastos, se sacude la falda, saca su dolar con veinticinco centavos que le ha costado horrores conseguir, paga su viaje, se sienta a tu lado y suspira que está harta de vivir. Te bajas del autobús y de regreso al maravilloso hotel te cruzas con una joven que grita y pide ayuda desconsoladamente por que el mendigo que duerme delante del Starbucks donde ella trabaja se desploma al suelo y pierde el conocimiento. Nadie ayuda por miedo... asco, repugnancia y odio es lo que sus caras delatan... se acerca una ambulancia le hacen la reanimación, con la buena, o mala suerte, de salvarle la vida. 

Los Ángeles, allí donde ves que dos policías en moto persiguen a un chico de no más de doce años, le alcanzan, le tiran al suelo a punta de pistola, le esposan y todo... todo por que ha robado un monopatín y yo pensando que era la versión joven de Bin Laden que estaba preparando el próximo 11S. 

Los Ángeles... Los Ángeles del infierno. Ciudad donde puedes pasarlo en grande en las atracciones de Disney, Estudios Unversal o Lego Land pero donde la verdadera y más macabra montaña rusa está en sus propias calles, en sus aceras. 

viernes, 4 de julio de 2014

Denver, 1989

Terminado octavo de EGB de una forma mediocre se decide en mi casa que el curso siguiente lo realizaré en EEUU. A mi me daba un poco de canguele, la verdad, pero por otro lado, mi hermano mayor estudió 1º BUP allí y tampoco le fue tan mal.

Casi a finales de ese verano salía el avión con el grupo que estudiaríamos en Denver, Colorado, ese año. Eramos unos pocos más que veinte. Todos de 17 o 18 años menos otro estudiante y yo, que teníamos 13. Al llegar al avión, tras las despedidas de nuestras familias, el coordinador que nos acompaña nos entrega un sobre a cada uno con una fotografía de nuestra "nueva familia" pegada a un papel donde estaba impresa la dirección de la casa donde viviríamos. Cada uno de nosotros imaginaba historias viendo aquellas fotografías. Como es normal, minutos después de que la señal de cinturones se apagase, nos levantamos para enseñar nuestras fotos al resto y cotillear las suyas. Algo raro ocurrió. Había fotos repetidas pero con direcciones diferentes. Y direcciones iguales con fotografías distintas. El coordinador lo achacó a un error a la hora de prepar los sobres.



Largas horas después, tras hacer escala en cierto aeropuerto que no recuerdo, aterrizamos en el aeropuerto de Denver. Contábamos los minutos por conocer a nuestras familias. Cual fue nuestra sorpresa que al salir a la zona de llegadas, con nuestros carros llenos de maletas, solo había una señora esperándonos. Segundo chasco. Nos contaron que pudo ser un error, otro, al enviar la fecha de llegada al delegado en Denver. Nos envían a un hotel, supuestamente para una noche. Al final, pasamos una semana en el hotel y casi dos en un rancho.

Todas las mañanas salía una furgoneta desde el rancho a hacer una ruta por varios colegios de la ciudad con el único propósito de presentarnos a los estudiantes para que rogasen a sus padres que nos acogiesen a alguno de nosotros. El procedimiento era el mismo que un certámen de Miss España. Eramos objetos de subasta. Nos presentábamos y decíamos nuestras virtudes para así poder convencer a alguno de los allí presentes.

A mi me eligió un estudiante mayor que yo de origen oriental. Nos dirigimos a su casa y nos recibieron sus padres, él vietnamita, ella china. Hablaban peor inglés que yo. Sus hijos no, ellos lo dominaban. El delegado y el matrimonio se quedaron estudiando la documentación en el salón. El hijo que me eligió me enseñó el que sería mi cuarto. Bajamos unas escaleras y cuando creí que abriría una puerta a un maravilloso dormitorio me encontré con un garaje lleno de trastos y un viejo coche que parecía que no usaban mucho. A su lado, mi cama, un colchón tirado en el suelo. Fingí mi agrado con una falsa sonrisa y le pedí que me dejara vaciar mis maletas. Al saber que llegó al piso de arriba corrí hacia un teléfono que vi colocado encima de una caja de madera. Marqué en décimas de segundo los trece dígitos para dar con mi casa de Madrid. Sonó el tono dos o tres veces, era de madrugada en casa, y contestó mi padre. No le dejé hablar. Le conté lo que estaba viendo y viviendo en esos instantes. Me pidió hablar con el delegado. Pasaron cinco minutos y nos despedimos de esa familia. Si me llego a quedar... no sé, pero estoy seguro que muy bien no me hubiera ido.



Vuelta al rancho. Hora y pico de coche escuchando la bronca que me echaba el delegado por lo egoísta y desagradecido que había sido. Me dormí.

A los dos días me vuelven a llamar. Camino de la casa donde me dirigía no hacía más que rogar en silencio que por lo menos la cama tuviese cuatro patas. El resto me daba medio igual. Al llegar a la casa nos esperaban en el jardín los cuatro hermanos. Una chica de 15 años, dos mellizos de 12 y un pequeñajo de 9. Otra vez papeleos, a contarles un poco sobre mí, y a deshacer maletas. Allí, la cama no solo tenía patas sino que mi cuarto tenía una gran ventana desde donde veía el gran jardín de la parte trasera de la casa. Cuarto de baño propio, etc. 

Nos despedimos del delgado y a la cama pronto que al día siguiente había colegio. 

La familia un diez. El pequeño, DJ, era uno de esos ángeles de los que habla Marta Barroso* en uno de sus últimos artículos de ABC. Con él aprendí una gran lección: habrá niños con Síndrome de Down pero, al fin y al cabo, los normales son ellos y los raros somos el resto. Todas las mañanas venía a darme los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja. Desayunábamos juntos, nos acompañaba al colegio y luego se marchaba al suyo. Por la tarde, algo de deberes y luego horas y horas de jugar al fútbol. En sus 9 años de vida no había visto nunca un balón de fútbol (en su casa eran más aficionados al baseball y fútbol americano). Le enseñé las normas básicas y, juntos, soñábamos jugando a ser grandes estrellas de las selecciones españolas y norteamericana. A veces, uno de los mellizos nos arbitraba usando el bate de baseball de banderín. 

Quiso aprender español. Le enseñé. Día tras día dando patadas... esta vez al diccionario pero lo aprendió. Un gran número de palabras que solo usaba conmigo. Quiso ser mi amigo. Lo consiguió. Horas juntos. Paseos. Aventuras... Éramos DJ y "Golalo". 

Me convenció para ser voluntario en los Special Olympics de Colorado Springs. Allí conocí a miles de niños como DJ. Allí me di cuenta de que los, mal llamados durante siglos, subnormales, retrasados... no eran ellos, insisto, sino el resto, nosotros. La paz, bondad, alegría que transmiten estos ángeles es raro que lo consiga alguien "normal". Lo que aprendí, lo que viví, lo que conviví durante ese año no lo olvidaré jamás. 



Más de 20 años después sigo en permanente contacto con la familia de DJ. Llamadas de teléfono, correos, cartas... Con DJ también. Con él de distinta forma. A DJ no le puedo escribir ni llamar pero sé que desde el lugar del cielo que le haya tocado ocupar sigue dando esos paseos conmigo mientras me pregunta por el fútbol o por el español. 

Gracias por hacer de un año desastroso uno que jamás olvidaré y que, sin duda, me cambió totalmente. 


* http://abcblogs.abc.es/marta-barroso/2014/07/02/un-cromosoma-extra/